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Rencor

Hoy en día vivimos con la preocupación, la incertidumbre de ser contagiados por el virus (Covid-19) que ha asolado a la humanidad entera ya por más de un año, pandemia por la que toda la sociedad sin importar raza, credo, posición económica, género, etc., viven y tratan de protegerse al máximo para no ser contagiados y padecer dolor, malestar, desesperación e incluso llegar a perder la vida.

Muchos, quizá, hemos dejado en el olvido otras dolorosas enfermedades como el cáncer o la diabetes, por mencionar algunas, pero, qué hay de este triste padecimiento llamado RENCOR, el cual se define como: sentimiento persistente de disgusto o enfado hacia alguien por considerarlo causante de un daño.

El rencor o resentimiento, poco a poco va destruyéndonos emocionalmente y deteriorando nuestra salud física, provocándonos padecimientos de presión arterial, dolor de cabeza, indigestión, tensión muscular y calambres; pero no sólo eso, este sentimiento destruye algo aun más valioso: nuestra alma, nuestra paz interior y nos aleja triste y lamentablemente del camino del Señor.

Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano al cual ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: Que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. (1 de Juan 4:20-21).

Cuando guardamos rencor por alguien, levantamos en nuestro corazón un duro muro que difícilmente se destruye, pero gracias al amor de DIOS tenemos la verdadera medicina, la efectiva vacuna que pocos hombres han podido descubrir. Sí, este antídoto sólo lo encontramos en nuestro Dios y en Su hijo Jesucristo. Únicamente en ellos podemos encontrar esta liberación y sanidad para nuestra alma, rindiéndonos ante sus pies y pidiéndoles nos llenen de amor y perdón hacia nuestro prójimo, llenándonos de esa paz infinita que sólo ellos pueden otorgarnos.

¿Nos hemos preguntado: cuántas veces ha vibrado nuestro corazón de odio y rencor? Palpitaciones que matan nuestro ser. Reflexionemos y hagamos temblar nuestro corazón de amor para con el prójimo, optemos por poner en práctica el perdón. Que sólo Cristo Jesús viva y reine en nuestro corazón.

Sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros si alguno tuviere queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3: 13).

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